En la práctica clínica, es posible dar cuenta de la frecuencia de un impasse estructural en la cura: el punto en el cual el paciente, habiendo construido un saber sobre su padecer y cartografiado ciertas coordenadas de su historia, se enfrenta a la persistencia del síntoma. “Entiendo lo que me pasa, pero no puedo dejar de hacerlo” me han dicho alguna vez, como un reclamo denunciando un saber que no atraviesa. Esta problemática clínica me llevó a revisitar algunos fundamentos.
La cuestión de los límites del sentido no es algo nuevo. Freud, en Recordar, repetir y reelaborar1, da cuenta de un giro en la técnica. Si el viraje inicial era el “llenar las lagunas del recuerdo”, esto encontraría su obstáculo: el paciente no recuerda lo reprimido, lo actúa. Este actuar no sería entendido como un fallo en la memoria, sino, como Freud lo plantea, su propia manera de recordar. Una memoria sin recuerdo que se manifiesta con la fuerza de lo actual en la transferencia.
Ante esta compulsión, el solo apuntar al significado mediante la interpretación resulta ineficaz. Freud también nos advierte que limitarse a “nombrar la resistencia” no basta; puede incluso agravarla. Esto sugiere el riesgo de que el analista, en una insistencia por encontrar un sentido, paradójicamente termine alimentando la resistencia. Frente a esto, Freud nos otorga una salida mediante la conceptualización de la reelaboración (durcharbeiten)2, entendida como un trabajo sostenido con la repetición, más allá del sentido, el cual define como la pieza productora del “máximo efecto alterador”, y que además, diferenciaría al análisis de una práctica sugestiva.
Dicho esto, el sentido cumple una función indispensable, sobre todo al inicio de la cura. Eric Laurent nos señala en su texto ¿Desangustiar?3, que la maniobra inicial en análisis apunta a la instalación de una pregunta por el deseo. Esta rectificación subjetiva ocurriría gracias a la interpretación del deseo puesto en juego, interpretación la cual a su vez instala la transferencia simbólica en su vertiente de Sujeto Supuesto Saber.
Así, podemos establecer que en un primer momento la interpretación cumple una función de ordenamiento, transformando la invasión de afecto en una estructura lógica y legible. Al otorgarle coordenadas simbólicas al padecimiento, la interpretación opera como un punto de capitón frente a la angustia, anudando al sujeto a la transferencia y habilitando el despliegue de la cadena asociativa.
No obstante, el trabajo no termina aquí. De ser así, el trabajo corre el riesgo de transformarse en un deslizamiento crónico de sentido. Es en este punto donde Lacan propone una directriz que rompe con la primacía del sentido, instándonos a que como analistas “hay que tomar el deseo a la letra”4.
Resulta fundamental no confundir el deseo con lo que Lacan denomina el ruido de un “petardo mojado”: la concupiscencia, el anhelo, o las “ganas de”. El deseo, para Lacan, no es ni la necesidad biológica ni la demanda articulada en palabras. Es el resto producto de cuando la necesidad, al atravesar los desfiladeros de la estructura del significante, es fragmentada y alienada por la palabra5. Más aún: el deseo es la imposibilidad misma de una palabra que colme la escisión (spaltung) del sujeto en tanto serhablante6. Es por ello por lo que el deseo se define como la metonimia de la falta en ser; insatisfecho por estructura.
Esto tiene consecuencias para la interpretación: o bien, se opera en base a la lógica metafórica del síntoma, basado en el modelo del sueño, apuntando a la producción de sentido, o se opera en torno a la lógica metonímica del deseo, apuntando a la poquedad de sentido. En esta segunda vía, la interpretación buscaría metonimizar el síntoma, descoagulando su significación y relanzando la cadena significante7. Sin embargo, aquí un segundo problema: si la lógica del deseo es metonímica, y si el deseo mismo es, como advierte Lacan, incompatible con la palabra8, corremos el riesgo de caer en un blablá ya no de sentido, sino de significantes.
Esta disyuntiva en la maniobra interpretativa también se aprecia en el plano ético. Jacques-Alain Miller, en sus Puntuaciones9 sobre este texto, sitúa la tensión de la cura entre “el poder o la verdad”, entendiéndose el poder como aquel que se presenta siempre para el bien del sujeto. El riesgo aquí es, entonces, que el analista se infatúe en la posición de Sujeto Supuesto Saber a la cual es convocado, eligiendo la vía del poder y transformándose en un Amo.
“Tomar el deseo a la letra” es, por tanto, una ética de la renuncia al poder, ética en la cual el analista se aparta del lugar del Amo para dar lugar a la emergencia del deseo. Este paso al costado es la condición de posibilidad para que la interpretación pueda operar en el mismo registro que aquello que busca tocar: no el bien, sino la verdad10. Siguiendo a Lacan, si el deseo no es una pasión del significado, sino “pura acción del significante”11, entonces la interpretación debe abandonar el campo de la explicación y convertirse en una operación sobre la materialidad del significante.
Habiendo situado estas coordenadas: si la interpretación no debe producir sentido, ni tampoco solo limitarse a seguir un deslizamiento metonímico del deseo, ¿cómo es posible que la interpretación, siendo una operación de la palabra, logre operar en aquello que por estructura le es incompatible?
Una posible directriz: Lacan, al final de La dirección de la cura, plantea que la solución al análisis “infinito”, del cual Freud da cuenta al toparse con la roca de la castración12, no reside en la acumulación de saber, sino en una operación que lleva al sujeto al encuentro con su división (spaltung) fundamental, la cual es producto de su articulación en el Logos. Es en el encuentro con la letra, el cual exige que el analista sea un letrado, donde la palabra encuentra su límite y cesa de producir sentido, encontrándose con la Nada, vacío central que el sentido intenta siempre velar13.
Freud, S. (1914). Recordar, repetir y reelaborar. En Obras Completas XII. Amorrortu. ↩︎
Ibid., p. 157. ↩︎
Laurent, E. (2004). ¿Desangustiar?. Virtualia: Revista Digital de la EOL, (12). Recuperado de https://www.revistavirtualia.com/articulos/586/destacados/desangustiar ↩︎
Lacan, J. (1958). La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos 2. Siglo XXI. ↩︎
Ibid., pp. 589, 598. ↩︎
Ibid., p. 604. ↩︎
Miller, J-A. (2018 [1983]). Del síntoma al fantasma. Y retorno. Paidós, p. 132. ↩︎
Lacan, J. (1958). op. cit., p. 610. ↩︎
Miller, J-A (2010 [1992]). Puntuaciones sobre “La dirección de la cura”. En Conferencias porteñas: Tomo 2. Paidós. ↩︎
Lacan, J. (1958). op. cit., p. 609. ↩︎
Ibid., p. 599. ↩︎
Freud, S. (1937). Análisis terminable e interminable. En Obras Completas XXIII. Amorrortu. ↩︎
Lacan, J. (1958). op. cit., p. 611. ↩︎